jueves, 6 de marzo de 2008

Larra en el siglo XXI


Cristina
FUSTER BERTRAND

Mariano José de Larra nace en Madrid el 24 de marzo de 1809. Vive en Francia porque su padre ejerce allí la medicina. Regresa a Madrid en 1818. En 1822 estudia en un colegio interno en Navarra durante un curso escolar. En 1824 regresa a Madrid. A los 16 años de edad traduce La Ilíada del francés. No finaliza los estudios de leyes (1825, en Valladolid) ni los de medicina (en Valencia). En 1827 frecuenta tertulias en Madrid. Con 20 años se casa y se separa en 1834. El 13 de febrero de 1837 muere.

El periódico es el medio de comunicación que usa y se sirve del artículo. Escribe en El Duende Satírico del Día, El Pobrecito Hablador, La Revista Española, El Correo de las Damas, El Observador, Revista Mensajero, El Español, El Mundo y El Redactor General. Utiliza seudónimos: Ramón Arriala, Fígaro, Andrés Niporesas, el Duende, etcétera. El periodista explica esta variedad de nombres en su artículo Las casas nuevas: “Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 en que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquel con que vine al mundo, y ora fui el Duende satírico, ora el Pobrecito hablador, ora el Bachiller Mungía, ora Andrés Niporesas, ora Fígaro, ora... y qué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún en tomar en los muchos años que, Dios mediante, tengo hecho propósito, de vivir en este bajo suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir: y si he de decir la verdad, consiste esto en que, a fuerza de meditar, he venido a conocer que sólo viviendo podré seguir variando.”
[1] Pilar Palomo, Catedrática de Literatura Española de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, afirma que “los nombres tienen que ser cambiantes porque la vida es cambiante” y explica que estos pseudónimos “tienen una personalidad propia, se pelean verbalmente entre sí y critican a Larra”.

Es un escritor costumbrista y debe por ello reflejar la sociedad en la que vive, tanto los fallos como los aspectos positivos, y escribir para ella. Esto queda latente en su artículo El “album” : “El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta o aquella clase de sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de ninguna de ellas leído, debe de figurarse al menos, mientras que su modestia o su desgracia no sean suficientes a hacerle dejar la pluma, que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar vida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una época pudieran por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezcla atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede únicamente formar el todo, y es forzoso ir a buscar en distintos puntos las tintas fuertes y las medias tintas, el claro y oscuro, sin los cuales no habría cuadro.”
[2]
El recurso más utilizado es el de relatar cuanto acontece en cualquier lugar, especialmente en la calle, y utilizar la información para sus escritos. El escritor es curioso, observador, por naturaleza. Ejemplos:
  1. El café: “No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso; es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos”[3]
  2. El castellano viejo: “Andábame días pasados por esas calles a buscar materiales para mis artículos”[4]
  3. La educación de entonces: “He aquí las ideas que revolvía en mi cabeza uno de estos días en que el mal humor, que habitualmente me domina, me daba todo el aspecto de un filósofo y me había sacado a pasear maquinalmente por la ronda.”[5]

Algunos de los temas criticados en sus artículos siguen teniendo importancia, a pesar del tiempo transcurrido, en la sociedad del siglo XXI. Entre ellos destacan: la pena de muerte, la mala educación y el hombre como ser social.


La pena de muerte


Antiguamente se pretendía privar la vida al acusado y hacerle sufrir físicamente en el proceso. Actualmente, por ejemplo, algunos estados de Estados Unidos castigan con pena de muerte, también conocida como pena capital o pena de la vida, ahorrando el dolor físico. Hay objeciones frente a la decisión de arrancar la vida a un ser en el campo del servicio a la sociedad. Algunas de ellas son:

  1. No intimida a los delincuentes, pues en los países que la suprimieron no subió el índice de crímenes, ni en los países que siguen utilizándola ha disminuido el número de delitos.[6]
  2. “El espectáculo de las ejecuciones públicas no produce sobre las masas una impresión de escarmiento y de terror, sino que, por el contrario, produce un efecto desmoralizador”[7]
  3. Es irreparable y no permite modificar el posible error del juez[8]

En Los barateros o El desafío de la pena de muerte el autor muestra su punto de vista acerca de este tema. No apoya este castigo y escribe que “la sociedad, al reconocer en una acción el delito o el crimen, y al sentirse por ella ofendida, no trata de vengarse, sino de prevenirse; no es tanto su objeto castigar simplemente como escarmentar; no se propone por fin destruir al criminal, sino el crimen; hacer desaparecer al agresor, sino hacer desaparecer la posibilidad de nuevas agresiones; su objeto no es diezmar la sociedad, sino mejorarla.”[9]

La pena de muerte la asocia con los derechos del más fuerte: “Y al ejecutar (la sociedad) su defensa ¿qué derecho usa? El derecho del más fuerte. Apoderada del sospechado agresor, le es fuerza, antes de aplicarle la pena, verificar su agresión, convencerse a sí misma y convencerle a él.”
[10]

También se pueden encontrar sus ideas acerca de la pena de muerte en su artículo Un reo de muerte:

  • “Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera a él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad, al exigir valor y necesidad en el reo de muerte, con sus constantes preocupaciones, se hace justicia a sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes”[11]
  • “La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha: ya ha muerto un hombre”[12]



La mala educación

Existen muchas personas que quieren dar a entender que son de una manera que en realidad, a través de actitudes, no son de su naturaleza, y que ponen en compromiso a otras personas, entre las cuales se encuentran unas parecidas a ellas en la forma de actuar y otras que, por la educación recibida, deben callar ante ciertos hechos y no están a favor del aparentar lo que no se es. Esto ocurre todavía en la actualidad y parece que el texto de El castellano viejo puede ser perfectamente parte de la sociedad de ahora. En este escrito hay una crítica profunda a la mala educación. Transcribo unos párrafos que muestran los pensamientos del articulista:

  • “Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, (...). Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que, se había creído capaz de contener catorce personas que éramos una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente.”[13]
  • “Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente a su mujer alguna negligencia, queriendo darnos a entender (a todos) entrambos a dos que estaban muy al corriente de las fórmulas que en semejantes casos se reputan finura (...). Pero estas negligencias se repetían tan a menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido recurrir a los pellizcos y a los pisotones”[14]
  • “Concluida mi deprecación mental, (...), reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.”[15]

El hombre como ser social


Compara la sociedad con las ideas de Jean-Jacques Rousseau[16], escritor, pedagogo y filósofo suizo en lengua francesa (1712-1778), cuya principal idea era que “todo es perfecto al salir de las manos del Creador y todo degenera en manos de los hombres”. Larra, por su parte, cree que el hombre por naturaleza tiende a la complejidad e incluso a lo malo. Afirma que el hombre es un ser social en su artículo La sociedad, en cuyo primer párrafo se halla esta idea: “Es cosa generalmente reconocida que el hombre es animal social (...) Puesto que vive en sociedad, social es sin duda”[17]; y se apoya en el siguiente: “convencidos de que todo lo malo es natural y verdad, no nos costará gran trabajo probar que la sociedad es natural, y que el hombre nació por consiguiente social”[18]

Ahora bien, aceptando que la persona es un ser social, se debería preguntar uno la utilidad de vivir en sociedad, pues nadie hace nada a cambio de nada. Existe un dicho español que no ha desaparecido y se utiliza bastante que expresa esta idea: “nadie da duros por pesetas”. Larra, sin embargo, explica, sin utilizar formas coloquiales, lo mismo a su manera: “la sociedad es un cambio mutuo de servicios recíprocos. Grave error: es todo lo contrario; nadie concurre a la reunión para prestarle servicios, sino para recibirlos de ella; es un fondo común donde acuden todos a sacar, y donde nadie deja, sino cuando sólo puede tomar en virtud de permuta. La sociedad es, pues, un cambio mutuo de servicios recíprocos. Y el gran lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello mismo que parecía destinado a disolverla; es decir, el egoísmo.”
[19]. También en este texto: “-Esa es la sociedad: era mi amigo íntimo. Desde entonces no tengo más que amigos; íntimo, estos pesos duros que traigo en el bolsillo: son los únicos que no vende; al revés, compran.”[20]

Otros temas que aparecen en los artículos de Larra son el concepto de la honra y el público para el que escribe.


La honra


El articulista en El duelo escribe acerca del concepto malentendido de la honra. Afirma que “en el día no hay una sola persona que no tenga su honor a su manera: todo el mundo tiene honor”[21]. Critica el malentendido y expone sus ideas de manera que parece que parece que el honor es un aspecto negativo de dicha sociedad: “Mientras el honor siga entronizado donde se le ha puesto; mientras la opinión pública valga algo, y mientras la ley no esté de acuerdo con la opinión pública, el duelo será una consecuencia forzosa de esta contradicción social”[22]. El final del duelo es siempre la muerte de una persona: “Carlos había caído, pero habían quedado en pie su mujer y su honor[23].

Esto recuerda a una obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, en el que el honor es lo más importante, a pesar de las consecuencias. Transcribo a continuación dos fragmentos de la obra mencionada:

  • Fragmento primero[24]:

    Al Rey la hacienda y la vida
    se ha de dar; pero el honor
    es patrimonio del alma,
    y el alma es sólo de Dios.
  • Fragmento segundo[25]:

    INES: Ésta, señor es tu espada

    CRESPO: A buen tiempo la has traído.
    Ya tengo honra, pues ya tengo
    espada con que seguirlos.

El público


El público sigue siendo importante hoy en día. La televisión, la radio, la prensa, el teatro, el cine, la literatura tienen muy presente a su público. En el artículo ¿Quién es el público y dónde se encuentra? El periodista concluye:

  1. “el público es el pretexto, el tapador de los fines de cada uno.”[26]
  2. “no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de sociedad tiene su público particular, (...); que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombre que le componen; (...) que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido y su desprecio el mérito modesto; (...) y, por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados.”[27]

Para finalizar me quedo con dos fragmentos de Larra. El primero pertenece a Difuntos de 1836 y el segundo a Las casas nuevas:

  • “¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! Aquí yace la esperanza!!”[28]
  • “porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir: y si he de decir la verdad, consiste esto en que, a fuerza de meditar, he venido a conocer que sólo viviendo podré seguir variando.”[29]


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[1] Mariano José de Larra, Artículos, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya S.A.), Madrid 2001, pág. 243
[2] Op. Cit., pág. 326
[3] Op. CIt., págs. 111-112
[4] Op. Cit., pág. 177
[5] Op. Cit., pág. 251
[6] Gran Enciclopedia Larousse, Editorial Planeta S.A., Barcelona 1989, tomo 9, pág. 8437
[7] Op. Cit.
[8] Ídem
[9] Mariano José de Larra, Artículos, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya S.A.), Madrid 2001, pág. 369
[10] Op. Cit., págs. 369-370
[11] Op. Cit., pág. 291
[12] Op. Cit. pág. 295
[13] Op. Cit., págs. 183-184
[14] Op. Cit., págs. 185-186
[15] Op. Cit., pág. 189
[16] Gran Enciclopedia Larousse, Editorial Planeta S.A., Barcelona 1989, tomo 10, págs. 9609-9610
[17] Mariano José de Larra, Artículos, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya S.A.), Madrid 2001, pág. 278
[18] Op. Cit., pág. 279
[19] Ídem
[20] Mariano José de Larra, Artículos, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya S.A.), Madrid 2001, pág. 284
[21] Op. Cit., pág. 319
[22] Op. Cit., pág. 321
[23] Op. Cit., pág. 325
[24] Pedro Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, Ediciones Folio S.A., Barcelona 1999, pág. 40
[25] Op. Cit., pág. 76
[26] Mariano José de Larra, Artículos, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya S.A.), Madrid 2001, pág. 137
[27] Ídem
[28] Op. Cit., pág. 399
[29] Op. Cit., pág. 243

© Cristina Fuster Bertrand

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