viernes, 22 de mayo de 2009

Descarga: "El médico de su honra" de Calderón de la Barca

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Personas que hablan en ella:


· Don GUTIERRE
· El REY don Pedro
· El infante don ENRIQUE
· Don ARIAS
· Don DIEGO
· COQUÍN, lacayo
· Doña MENCÍA de Acuña
· Doña LEONOR
· JACINTA, una esclava
· INÉS, criada
· TEODORA, criada
· LUDOVICO, sangrador
· Un VIEJO
· SOLDADOS
· MÚSICA



ACTO PRIMERO


Suena ruido de caja, y sale cayendo el infante don ENRIQUE, don ARIAS y don DIEGO, y algo detrás el REY don Pedro, todos de camino

ENRIQUE: ¡Jesús mil veces!
ARIAS: ¡El cielo
te valga!
REY: ¿Qué fue?
ARIAS: Cayó
el caballo, y arrojó
desde él al infante al suelo.
REY: Si las torres de Sevilla
saluda de esa manera,
¡nunca a Sevilla viniera,
nunca dejara a Castilla!
¿Enrique! ¡Hermano!
DIEGO: ¡Señor!
REY: ¿No vuelve?
ARIAS: A un tiempo ha perdido
pulso, color y sentido.
¡Qué desdicha!
DIEGO: ¡Qué dolor!
REY: Llegad a esa quinta bella,
que está del camino al paso,
don Arias, a ver si acaso
recogido un poco en ella,
cobra salud el infante.
Todos os quedad aquí,
y dadme un caballo a mí,
que he de pasar adelante;
que aunque este horror y mancilla
mi rémora pudo ser,
no me quiero detener
hasta llegar a Sevilla.
Allá llegará la nueva
del suceso.

Vase el REY

ARIAS: Esta ocasión
de su fiera condición
ha sido bastante prueba.
¿Quién a un hermano dejara,
tropezando de esta suerte
en los brazos de la muerte?
¡Vive Dios!
DIEGO: Calla, y repara
en que, si oyen las paredes,
los troncos, don Arias, ven,
y nada nos está bien.
ARIAS: Tú, don Diego, llegar puedes
a esa quinta; y di que aquí
el infante mi señor
cayó. Pero no; mejor
será que los dos así
le llevemos donde pueda
descansar.
DIEGO: Has dicho bien.
ARIAS: Viva Enrique, y otro bien
la suerte no me conceda.

Llevan al infante, y sale doña MENCÍA

y JACINTA, esclava herrada
MENCÍA: Desde la torre los vi,
y aunque quien son no podré
distinguir, Jacinta, sé
que una gran desdicha allí
ha sucedido. Venía
un bizarro caballero
en un bruto tan ligero,
que en el viento parecía
un pájaro que volaba;
y es razón que lo presumas,
porque un penacho de plumas
matices al aire daba.
El campo y el sol en ellas
compitieron resplandores;
que el campo le dio sus flores,
y el sol le dio sus estrellas;
porque cambiaban de modo,
y de modo relucían,
que en todo al sol parecían,
y a la primavera en todo.
Corrió, pues, y tropezó
el caballo, de manera
que lo que ave entonces era,
cuando en la tierra cayó
fue rosa; y así en rigor
imitó su lucimiento
en sol, cielo, tierra y viento,
ave, bruto, estrella y flor.
JACINTA: ¡Ay señora! En casa ha entrado...
MENCÍA: ¿Quién?
JACINTA: ...un confuso tropel
de gente.
MENCÍA: ¿Mas que con él
a nuestra quinta han llegado?

Salen don ARIAS y don DIEGO, y sacan al infante don ENRIQUE, y siéntanle en una silla

DIEGO: En las casas de los nobles
tiene tan divino imperio
la sangre del rey, que ha dado
en la vuestra atrevimiento
para entrar de esta manera.
MENCÍA: (¿Qué es esto que miro? ¡Ay cielos!)
Aparte
DIEGO: El infante don Enrique,
hermano del rey don Pedro,
a vuestras puertas cayó.
y llega aquí medio muerto.
MENCÍA: ¡Válgame Dios, qué desdicha!
ARIAS: Decidnos a qué aposento
podrá retirarse, en tanto
que vuelva al primero aliento
su vida. ¿Pero qué miro?
¡Señora!
MENCÍA: ¡Don Arias!
ARIAS: Creo
que es sueño fingido cuanto
estoy escuchando y viendo.
Que el infante don Enrique,
más amante que primero,
vuelva a Sevilla, y te halle
con tan infeliz encuentro,
¿puede ser verdad?


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