jueves, 19 de noviembre de 2009

Relato ganador del concurso: "Confesiones de un lunático"

Título: Confesiones de un lunático
Autora: Inés Simmons
Blog: Paranoias en mi cabeza
Calificación: 15 puntos


Confesiones de un lunático


Mi nombre es Damián y la mayor parte del tiempo soy normal; hasta hace escasas unas horas trabajaba de informático en una empresa de venta de seguros, vivía en un piso alquilado en el centro y todavía no había encontrado a mi media naranja, claro que en esta situación menos. Aborrezco las injusticias, aunque suene a broma, y siempre he intentado aportar mi granito de arena a este mundo ya sea reciclando o escribiendo cartas a los periódicos que quizás, hayan logrado convencer a alguien de que la tierra no puede aguantar más.
Pero mi vida no ha sido tan sencilla como yo hubiese querido, detrás de mi fachada de ciudadano modelo se esconde mi maniática realidad, soy un lunático. Esta enfermedad, también llamada trastorno del hombre lobo hace que cuando la luna llena ocupa el cielo mis sentidos se agudicen, mis músculos se fortalezcan y que la poca cordura que me ata a la realidad se rompa. Cada mes sobrepaso la barrera entre el ser humano y el animal, esa pared que todos debemos respetar y que si es atravesada, hasta el más débil de los seres es imposible de frenar. No me transformo en ningún cruce entre lobo y hombre, simplemente me abandona el lado racional, me vuelvo un animal por unas horas.
Locura, enfermedad, esquizofrenia, demencia... Ninguna de estas palabras se puede adjudicar a mi problema, soy un monstruo mitológico en pleno siglo veintiuno, sin la capacidad de ser hombre, ni tampoco animal. En todos los plenilunios del año mis ojos se acostumbran a la oscuridad y son dañados por la luz, mi olfato se desarrolla, mi gusto deja a un lado su exquisito paladar humano y soy capaz de cazar animales, aullar y dormir sobre la hierba mojada sin preocuparme de guerras contaminación o hambre.
Este estado de semihumanidad siempre me ha causado muchos problemas, pero nunca antes me había obligado a matar, aquella chica rubia no debería haber estado allí, no debería haber sufrido como lo hizo, pero mi otro yo no me deja elegir.

En mitad de la noche brumosa se escuchó mi aullido tiñendo la oscuridad de rojo carmesí. Cuando recuperé la cordura ya era tarde, ella ya estaba en el suelo rompiendo el silencio con un leve jadeo, intentando respirar, agarrándose a la poca vida que restaba en su cuerpo, huyendo de la muerte y desgarrando mis entrañas y mi humanidad. La joven allí tumbada intentaba luchar sin moverse mientras clavaba su dolida mirada en mis ojos suplicando piedad y clemencia, implorando que aquel dolor acabase...
Agotada, miró a la luna intentando buscar en su pasado un acto que la hubiese merecido semejante castigo, una razón para morir lentamente y con sufrimiento; poco a poco iba perdiendo las fuerzas y la vida se le iba escapando. Miró la herida hecha por mí, aún abierta en su torso e intentó parar la hemorragia, pero sus brazos no la respondían a las órdenes impuestas por su cerebro. Sus dulces ojos violetas aún estaban convencidos de que alguien la rescataría, aún conservaban esa fe que seguramente durante su vida la había caracterizado.
Mi miedo, culpabilidad y cobardía me impedían socorrerla o buscar ayuda para que alguien consiguiera salvarla, tenía pavor a que el mundo conociera mi problema y me encarcelaran en un psiquiátrico donde la luz del sol no podría ver.
A medida que el tiempo pasaba su sentimiento optimista pareció desaparecer, intentó gritar pero de sus rosáceos labios solamente salieron sonidos incomprensibles; tenía miedo, comenzaba a perder aquello que dicen que es lo último que te arrebatan, la libertad y la esperanza. Cuatro horas después de media noche se rindió, dejó de perseverar y contempló de nuevo la luna, esperando el momento en el que su vida no fuese más que un mero recuerdo. Con su último aliento pidió perdón por todo aquel mal que había causado para conseguir tan patético final y allí descansó al fin mirando el firmamento de las estrellas con la esperanza perdida y sus rubios tirabuzones teñidos de escarlata dejando su cuerpo indefenso ante la solitaria muerte.

Volví a mi apartamento con toda la prisa que pude y desempolvé la pala que guardaba en el trastero volviendo a la escena de mi crimen a toda prisa. Cavé un agujero lo más hondo que pude y coloqué el inerte cuerpo de la chica boca abajo, desviando su acusadora mirada de mi camino. Con cada mota de tierra que tiraba sobre el cadáver, cada pala de arena arrojada a aquel hoyo eliminaba también mi esencia humana, volviéndome cada vez más una bestia. Cuando miré mi macabra obra de arte mi corazón latió con fuerza y velocidad rogando que confesara mi crimen y dejase a la naturaleza mi penitencia, pero como cobarde que soy, el miedo pudo al honor y a la nobleza y me obligó a huir dejando como huella de mi presencia un pequeño montículo de tierra.
El mundo seguía circulando a pesar de mi extraño sentimiento mezcla de culpabilidad y enajenación. Vagué por las calles bebiendo de bar en bar y entablando conversación con extraños que no conocía, pero que me hacían sentir bien, buscando esa sensación de calidez que un hogar me proporcionaría pero incapaz de encontrar nada parecido.
Cogí el coche y conduje lo más lejos posible, alejándome de la ciudad con la botella de whisky en las manos bebiendo como un condenado intentando apagar mi sed de expiación.
A la mañana siguiente con la resaca más grande que he tenido en la vida me presenté a mi trabajo pidiendo la dimisión ante mí jefe con las tres palabras más diplomáticas que encontré en mi vocabulario, “me largo capullo” y así, sin apenas darme cuenta me despedí de la rutina de los últimos siete años de mi vida.
Regresé al trastero y agarré una de mis maletas de cuero ya desgastadas y con varias décadas en sus hebillas. La llené con toda la ropa que me cupo y me fugué de casa sin mirar a atrás dejando la puerta abierta y una nota para el casero en la que explicaba su naturaleza “desagradable”.
Volví a sentir la velocidad en mi cuerpo en cuanto pisé el acelerador de mi viejo Peugeot que se quejó cuando intenté subir de ciento cuarenta. La carretera me mostraba los recuerdos de la pasada noche, las copas de los árboles me recordaban a la rizada cabellera de mi víctima y el ulular del viento sus gemidos; pero conseguí nublar mis sentidos encendiendo la radio. Irónicamente y coincidiendo con la macabra forma de actuar del destino, la canción Sympathy for the devil comenzó a sonar haciéndome recordar el final de la película de “Entrevista con el vampiro”, solo que no era ni un vampiro ni me parecía a Tom Cruise, al menos los dos éramos despiadados asesinos.
Canté a todo pulmón mientras dejaba a atrás mi ciudad natal, las viejas ruinas de la muralla que la caracterizaban se levantaban lejanas en el espejo retrovisor de mi coche.

El viaje a ninguna parte parecía ser bastante ameno hasta que los éxitos del rock se vieron interrumpidos por un boletín informativo que hablaba sobre la desaparición de Eva Soler, una joven de veintisiete años. Mi cerebro comenzó a llamarme asesino a medida que describían a la chica: pelo rizado y rubio con unos curiosos ojos violetas.
Frené en seco en la autopista cuando anunciaron dónde había sido vista por última vez, un coche que me seguía se vio obligado a dar un volantazo esquivándome y tras una fuerte pitada pasó de largo. La chica había estado hasta las dos y media de la madrugada en una fiesta cercana al bosque donde yo había enterrado a mi víctima, era ella.
Seguidas al boletín informativo unas declaraciones de la madre de la joven salieron, estaba llorando y suplicando a su hija que volviera a casa o que quien la tuviese se la devolviera. La quebrada voz de sus lamentos me recordó a mi madre, esa mujer que me había intentado dar la mejor educación posible, que me había mandado a incontables psicólogos y que me había medicado hasta la inconsciencia. Medité durante unos segundos y me incorporé al carril contrario, acercándome a toda velocidad a las ruinas.

Me encontraba otra vez en el punto de partida, de nuevo en frente de mi antiguo hogar, pero esta vez desde mi balcón colgaba un cartel de “Se alquila”, parece ser que mi arrendador había visto la nota en la que maldecía a su madre. Volví a encender el motor del coche para dirigirme a la comisaría, donde tú me recibiste por primera vez.
Me metiste en aquella sala negra tomándome por un loco mientras tu jefe mandaba a sus unidades a buscar en el lugar donde os había dicho que estaría el cadáver de la chica.
Esas cinco horas de espera fueron las más largas de mi vida, incluso hubo instantes en los que creí que el segundero del reloj de pared se pararía, congelándome para el resto de la eternidad sentado allí con mi vida acabada. Pero luego pensé en la chica, su nombre era Eva, como el de mi hermana, un nombre sencillo y agradable al oído. Había sido mucho más fácil cargar con la culpa antes de saber que la chica tenía nombre y familia ahora me sentía realmente mal, Eva había muerto sufriendo y con la única compañía de su propio asesino. Los sentimientos de caballerosidad y honor regresaron a mí justo en ese momento, “que gallardo por su parte” pensé mientras farfullaba una irónica carcajada.
Alcancé el lápiz y la hoja que me habían dejado en la mesa y escribí una carta a mi madre:
“Mamá… ¿Cómo puedo explicarte lo que he hecho esta vez? No he robado en la carnicería ni he roto tu jarrón preferido, ha sido algo más grave quizás imperdonable pero sé que si alguna persona en el mundo luchará por mí serás tú. No lo hagas.
Esta vez no quiero perdón, es verdad que fue mi otro yo quien la mató y la hizo desaparecer pero estaba plenamente consciente cuando la enterré y borré mi rastro de aquel lugar. No dudé lo suficiente como para darme cuenta de que no era lo correcto y simplemente hice algo peor que asesinarla, intenté olvidarla y para ello la enterré aislada del mundo boca abajo para evitar su mirada y la culpabilidad que sus enormes ojos violetas me provocaban. Necesito saber que no llorarás por un monstruo como yo, que no pensarás en contratar un abogado que te deje sin sustento para defender mi causa perdida, necesito saber que no harás ninguna estupidez para sacarme de éste lío y dejarás que la justicia siga su curso. A lo mejor así soy capaz de cumplir mi castigo sin miedo porque sé que si alguien actúa como mi pilar me aferraré a él sin importar arrastrarlo conmigo al infierno. Prométeme que serás feliz aunque sea completamente imposible, promételo y no me dejes cargar con más pesares. Te quiero…
Damián”

Seguía solo en esta asquerosa sala metálica que creí que vería solo en las películas cuando recordé el color de la luna de esta noche. Es curioso ver como las partículas en suspensión de la atmosfera unidas al hermoso eclipse han dado lugar a aquella preciosa luna roja. Quizás me estaba avisando desde el principio, a lo mejor el tinte escarlata era un llamamiento de la naturaleza para que no me dejase llevar, ¿qué más da ya?
Acabas de entrar en la sala con lágrimas de impotencia en los ojos, me has mirado con odio y desprecio de la misma manera que vemos a la porquería escondida en un rincón. Me has gritado llamándome monstruo, me has repetido cientos de veces que esa niña tenía toda la vida por delante, me has hundido en el fango y has borrado la sonrisa de mi boca. Cuando cruzaste por esa puerta acababas de recibir la noticia, la habían encontrado en el lugar exacto donde yo la había dejado, con la postura que yo os había dicho; te diste cuenta que no era un simple loco. Me has preguntado por qué y esta es mi respuesta.




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