miércoles, 18 de noviembre de 2009

Relato ganador del concurso: "Ella y Él"

Título: Ella y Él
Autor: Guille Hale
Calificación: 16 puntos


Ella y Él...


Él caminaba apresuradamente hacia el aeropuerto, llegaba temprano, como de costumbre, pero no le importaba. El día había llegado al fin, y se sentía nervioso y ansioso a la vez. El hecho de poder tenerla en sus brazos nuevamente, lo hacía sentirse plenamente feliz.
Comenzó a llover de un momento a otro, pero no le importó mojarse, únicamente quería estar más cerca de ella, y cada paso que daba, acortaba la distancia entre ellos. Empapado esbozó una tonta sonrisa, una de esas que únicamente se ven en personas enamoradas. No había llevado paraguas, porque era ella quien siempre lo salvaba de la lluvia, así como de muchas otras cosas...

...ella llegaba retrasada, el vuelo se había ralentizado por el clima. Quiso llamarlo o avisarle de alguna manera, para que no desesperara mientras aguardaba por ella, pero la azafata había sido clara:
– Nada de móviles en el avión –Había dicho.
Estaba completamente segura de que la había extrañado tanto, o más, que ella a él, siempre había sido el más débil de los dos.
La simple idea de separarse en otro momento la habría hecho enloquecer, y se habría negado rotundamente. Pero esta había sido una ocasión especial, una a la cual ella debía acudir. Su relación dependía exclusivamente de las consecuencias de aquella visita tan importante, y gracias al cielo todo había ido bien. Corriendo la cortina que la separaba de la ventanilla del avión, miró hacia fuera. El cielo estaba demasiado oscuro, incluso para aquel día tormentoso. Se preocupó por él, imaginándoselo empapado, no solía llevar paraguas, porque era ella quien siempre llevaba uno. Sonrió ante la imagen que se formaba en su cerebro, mientras un trueno la sacaba de su ensimismamiento. Se asustó, por no tenerlo a él a su lado. Él siempre estaba cuando ella necesitaba seguridad y contención...

...él, mientras caminaba, rememoró sus momentos más felices. El día en que se vieron por primera vez, el día en que hablaron por primera vez, su primera vez juntos, donde ambos mintieron al decir que no era su primera vez, y muchísimas otras primeras veces, que se encontraban guardadas en su caja más preciada de recuerdos.
Pensó que su vida había cambiado desde el momento en el que la conoció, pero luego se corrigió, sustituyendo ese pensamiento por otro; su vida había comenzado en ese preciso momento, en el que la conoció. Instantáneamente encajaron como dos partes que ansiaban por encontrarse, como si estuvieran esperando el segundo justo para congeniar en la más hermosa armonía. Soltó una carcajada alegre, y un niño que iba bajo un paraguas azul, lo miró divertido. Le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, rememorando el momento en el que ella le había confesado que quería tener millones de hijos con él...

...más truenos irrumpieron el ambiente y desesperadamente ella intentó explicarle a la azafata que tenía que hacer una llamada importante, le pidió que hiciera una excepción, que como mujer debía entenderla, pero tras una nueva negativa se marchó. Intentó sentir algún tipo de rabia con respecto a la actitud de la azafata, pero no pudo; desde aquel día en que lo había encontrado a él, no había tenido un solo pensamiento repulsivo, negativo, ni pesimista.
Cuando le sucedían cosas que no le agradaban, aceptaba lo que la vida ponía en su camino, y se acordaba de él, eso la tranquilizaba y neutralizaba cualquier sentimiento no grato.
Estaba bendecida y lo sabía. No todo el mundo hoy en día encuentra a su alma gemela, pensó. Sin que él lo supiera, ella había investigado, ¡Y cuanto había investigado!
Él intentó aplacar la ansiedad que traía encima, pensó en que pronto tendrían que mudarse, si querían tener hijos debían tener más espacio y también imaginó los nombres que a ella le gustarían, cualesquiera que fueran, para él estaban bien si ella los decidía. A él, personalmente, le gustaba William, había sido el nombre de su tío favorito y además combinaba bien con su apellido. Quiso pensar otro nombre, para una niña, pero una sensación de inquietud le penetró la mente. Sentía la necesidad imperiosa de estar junto a ella, por lo que apuró sus pasos, pero no resultó, supo al instante que eso no bastaría, que tenía que estar con ella, literalmente, a su lado, y esa extraña necesidad lo asustó...

...el avión se tambaleó, por decirlo de alguna forma, hacia la derecha y ella llevó las manos instintivamente hacia su vientre, luego bajó la mirada, y observó con sorpresa la ubicación de estas últimas, ya que ella no había decidido ponerlas allí. Sonrió y susurró:
– William... –Y volvió a sorprenderse, por lo que había dicho, y porque lo había dicho.
No intentó comprenderlo, sólo lo supo.
Comenzó a llamarlo a él, esta vez nada podría detenerla, no le gustaba viajar en esas líneas privadas, porque se suponía que ellos estaban a tu disposición ya que viajabas sola; pero no le dio mucha importancia, estaba llamando al amor de su vida, a su alma gemela para comunicarle una de las noticias más importantes de su vida...

...él miró su móvil por centésima vez, esperando alguna llamada, pero quizá había mala señal, o ella se había quedado sin batería, o simplemente no tenía motivo para llamarlo. Decidió llamarla, por las dudas, esa sensación seguía ahí, y el no estaría tranquilo hasta poder hablar con ella. Ni siquiera alcanzó a sonar, le dio tono de ocupado, por lo que se preguntó a quién estaría llamando.
Entró al aeropuerto y segundos más tarde estaba en la ventanilla de consultas, preguntando por el vuelo en el que ella se encontraba.
– Está retrasado por la tormenta –le contestó una mujer.
Se sentó en uno de los asientos de espera, mientras la horrible sensación crecía en su interior a pasos agigantados...

...su móvil estaba ocupado, pero no tuvo tiempo de reintentar, porque el avión volvió a sacudirse, esta vez con más fuerza que la anterior. Intentó llamar a la azafata, y no le contestó. Intentó luego con el piloto, esforzando su voz al máximo, pero tampoco lo consiguió. Decidió ir a buscarlos, pero el cinturón de seguridad no cedía. Miró otra vez hacia fuera, desesperada por la impotencia y se dio cuenta que el avión descendía más rápido que lo normal. El cielo estaba aún más oscuro y la lluvia repiqueteaba feroz contra la ventanilla.
Gritó, pidió ayuda, pero no sirvió para nada. Cogió su móvil y marcó nuevamente el número de él. Pero una nueva sacudida hizo que éste cayera y se desarmara en todas las partes posibles. Maldijo, por primera vez en mucho tiempo, y se sintió estúpida, por estar ahí sin poder hacer nada mientas el avión caía. Dispuesta a afrontar lo que fuera a sucederle, quiso rezar, pero no sabía. Cerró los ojos y pudo sentir el dolor de su amado, antes incluso, que el suyo propio...

...el sufrimiento repentino fue tan intenso, que lo hizo caer al suelo. Sintió que el cuerpo se le desgarraba y que sus órganos habían dejado de funcionar.
Supo que ella había muerto. Y lloró. En realidad se parecía más a un ataque de rabia que a un llanto. La gente comenzó a rodearlo mientras gritaba. Se podían oír exclamaciones y frases desagradables, pero él no las escuchaba. Solo había espacio en él para el dolor. Fue como si todo lo que la presencia de ella había neutralizado, apareciera ahora en cantidades desmesuradas. Él no podía comparar lo que sentía con nada que le hubiera ocurrido, era imposible hallar algo que fuera igual de doloroso, de aterrorizante.
Ya no iban a dar más paseos al atardecer, ni iban a volver a reírse juntos sin ningún motivo en especial, ni tampoco volverían a besarse, ni a fundirse en un solo ser, como solían hacer, porque ella ya no estaba.

Comenzó a retorcerse en el suelo, y supe que yo debía intervenir.
Atravesé a las personas que estaban congregadas a su alrededor y me situé junto a el, permitiendo cuidadosamente que únicamente él me viera. Acerque una mano a su frente y mi mínimo contacto lo tranquilizó. Tenía que salvarlo, era mi deber. Él había velado por mí incluso sin conocerme, tenía que retribuirle eso. No me quedaba mucho tiempo, por lo que traté de desligarme otra vez y contemplar la escena desde fuera...

...él miró hacia arriba y se dio cuenta de donde estaba. Recordó lo que había sucedido y el simple recuerdo lo hizo sentirse aterrorizado una vez más, pero el dolor ya no estaba, se había ido. Se percató de que un niño se encontraba junto a él y lo observó cuidadosamente, era pequeño, unos siete años, llevaba ropa blanca y en la mano un paraguas azul. Supo que había sido el niño quien había “borrado” su dolor y le preguntó su nombre.
– He tenido varios nombres – Contestó, y su voz le sonó conocida - ahora me llamo William. Él entendió de golpe y antes de que el niño desapareciera le dijo:
– Cuida de ella por mí...
El niño sonrió y se despidió diciendo:
– Estaremos esperándote...



...la última vez que lo vi, fue un día antes de “cruzar”, él se encontraba en su casa, sentado en el sillón que más le gustaba, mirando una foto de ella y escribiendo en una hoja. Llovía, yo llevaba mi paraguas azul, como de costumbre y resistí la tentación a mostrarme porque no quería alterarlo. Me asomé por encima del respaldo del sillón y leí...



En un momento estas,
y al otro desapareces
como una luz intermitente,
mi luz intermitente...



... y supe que ella, mi madre, había estado por allí...




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