jueves, 3 de diciembre de 2009

Lee el primer capítulo de "El Arcángel y los siete pilares de la Tierra"


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Sinopsis:

Entre el Cielo y la Tierra se encuentra el Hombre, que sediento de luz se sumerge en la oscuridad en la que latente duerme… hasta que alguien lo viene a despertar: «La oscuridad se está asentando en la Tierra, porque las elecciones que habéis hecho así lo han proclamado. Pero existe también mucho bien anidando dentro de valientes corazones; y por ello, estamos de nuevo aquí.»

Preámbulo

Se sentó en la cama y restregó con sus manos su cansado rostro. Sobre la mesilla el reloj marcaba de nuevo la misma rutina.

Un día más, ante el mundo que lo esperaba y del que nada esperaba, en una desesperanza que se entretejía entre sus huesos como si de una hiedra se tratara, sin que lograra erradicar de su interior; desde hacía tiempo ensombrecido por una realidad que se le escapó, y con la que todavía sentía su alma irse, mientras su cuerpo se quedó.

Y al lado, un dormido y bello cuerpo del que todas las noches extraía amargos y fríos besos, desprovistos de amor. Y que como droga usaba para olvidar que nada quedaba ya de aquella luz que le tendió la mano, ni de aquel propósito, que un día persiguió. Como alguien que tuvo en su mano el Grial de su vida, y no saboreó.

Y le pesaban las certezas como losas, que no acertaba a quitar... que el vacío no se llena con materia, ni el sexo por sí solo trae Amor.

Tristes noches que volvían a convertirse irremediablemente en mañanas... de un perdido Sol.



I. Desesperanza

Me levanté sabiendo que había llegado al final de aquel callejón sin salida. Al final de una etapa de negación y ceguera. Allí, rodeado de belleza sin fondo y de carcomida materia, que atraía como polillas a gentes dormidas, cegadas por el dorado que les impedía pensar.

Todo, ¿todo debía abandonar para recomenzar?, o ¿podía continuar en el mismo lugar haciendo que lo que ahora pesaba, se fuera convirtiendo en liviano al colocarlo en su justo lugar?

De cualquier manera, la soledad reclamaba mi presencia, y debería partir lo antes posible, llevándome sólo aquello en lo que me había convertido para que fuera cayendo a través de un naciente camino, que me permitiera volver a ver mi traslúcida piel; ahora cubierta y apagada, mera sombra de lo que fue.

Me acerqué al armario y metí lo imprescindible en mi vieja mochila, antaño compañera infatigable de senderos, y ahora mudo testigo de mi desidia y abandono. Una sola mirada dirigí a aquella vacía mujer fruto de mis días de olvido y negación, donde permití que la nada me rodeara creyendo poder escapar de mí mismo, sin querer ver.

Bajé a la calle y caminé en aquella fría mañana, recordando dónde se bifurcó el camino, y hasta dónde debería retroceder para recomenzar.

Y escuché de nuevo las palabras que nunca había dejado de oír, como si hubieran sonado constantemente, desde que fueron pronunciadas...

«Escucha, nada depende de ti… pero todo está en tus manos. Así es en el Cielo, donde nadie es imprescindible pero todos son necesarios. Necesarios porque uno solo podría salvar el Mundo; y prescindibles, porque donde uno falla, otro vendrá.»

Miré fijamente a aquel ser que paralizaba mi sangre, con su serena mirada azul, con la pausa del que sabe cuándo y cómo hablar, con la Verdad del que nada dice que no Sea, con el Equilibrio que hace que el Mundo se sustente, hasta que su mano baje y el desequilibrio reine, como parte de nuestra propia elección.

Miguel estaba frente a mí y sentía la familiaridad del que conoce; pero a la vez cada pensamiento que me dijera «está ahí, frente a ti» me dejaba helado, sin saber si era real o no lo que sucedía.

«La oscuridad se está asentando en la Tierra, porque las elecciones que habéis hecho así lo han proclamado. Pero existe también mucho bien anidando dentro de valientes corazones; y por ello, estamos de nuevo aquí.»

–Pero, ¿qué queréis de mí? –exclamé arrepintiéndome en el acto al parecer soberbio.

–Nada, nada que tú no creas que debas hacer; pero si así es porque lo reconozcas en tu interior, llevarás a cabo una tarea que abrirá tu ser para que el equilibrio vuelva a anidar en ti, y puedas así, «asentar el Mundo».

–¿Asentar el Mundo? –dije sorprendido– ¿cómo puedo yo hacer eso? –concluí.

–El Mundo está asentado sobre siete luminosos pilares, siete pilares que se han ido deteriorando, y los cuales hay que volver a Sellar. Cada uno de ellos desvela una parte del Hombre… y de la Humanidad; y cada uno de ellos engloba un aspecto de la Misericordia divina, esencial para que el Mundo siga existiendo.

–¿Cómo sé que esto es real? –inquirí– ¿cómo sé que no estoy ante alguien con ideas de salvador?

–¿Lo estás...? –contestó después de sentir por un instante su mirada, a la que siguió otra pausa después de pronunciar esta pregunta.

Pensé en su mirada notando su fuerza. Era serena y profunda, pero sin llegar a invadir tu ser; como si vieras en sus ojos un reflejo de ti mismo, sobre un azul que todo te desvelaba.
Su pregunta hizo que no hubiera necesidad de respuesta.

¡Nada en el mundo, ni en mi vida hasta ese momento; nada en todo lo que sabía o había hecho, ni en lo que era o creía que era; me pareció más cierto que ante mí se encontraba Miguel… el Arcángel!

Certeza, que me hizo estremecer.

Miguel sintió esa seguridad y continuó; dando por hecho que yo no anidaba ninguna duda sobre quién era él.

–Tú estás lo suficientemente despierto como para que hoy esté aquí contigo –continuó diciendo–; pero cuidado, estás lo suficientemente dormido como para que mañana esto te parezca un sueño, y las dudas te asalten… así es en la materia, dominio del desterrado Lucifer.

Las palabras todavía retumbaban en mi interior. Más allá de un pensamiento, eran una certeza que me había asolado durante todos estos años de ensueño, de intentar llegar a otro lugar. Cuatro años pasaron desde entonces y, según entendía, cuatro pilares habían dejado de ser sellados y restituidos en la Luz, por lo que la oscuridad se había adueñado de ellos… Ahora, la fría calle me devolvía a una realidad perdida, que debería recuperar.

En los años que pasaron desde aquello, el deterioro del mundo había sido evidente, como si se hubiera acelerado hacía un descorazonador destino que podría acabar con la humanidad.

Efecto invernadero, guerras, racismo, odio… una marea de irracionalidad asolaba éste en distintos frentes, quizás guiada por algún nefasto sino que parecía mover los hilos que manejaban cotas de poder; entre la desesperanza de un mundo que se veía sin rumbo.

Siete actos, me dijo, en los que podían estar relacionadas personas que conocía, en ámbitos que me eran familiares; pero que también podrían estar más allá de nuestras fronteras. Siete actos que sellarían siete vibraciones que necesitaban ser regeneradas, y cuyo símbolo eran los siete Pilares, que sustentaban la Humanidad.

Aunque no era fácil, ya que estos actos eran semillas de algo mayor que tenía su representación en la Tierra, y también en el Hombre.

En todos, y cada uno de nosotros.

«Y ¿por qué no lo hacéis vosotros?» me atreví a preguntar a aquel imponente ángel, que me impresionaba cada vez más según avanzaba nuestra conversación.

–Nosotros no debemos intervenir, al igual que no permitimos que la oscuridad lo haga directamente. El Mundo es vuestro. Es vuestro campo de pruebas; tal cual es, tal cual sois… –sentenció.

–Pero, ¿por qué estamos aquí y no en el Cielo, de donde dices proceder?

–Lo que llamas Cielo se compone de distintos planos. Cada plano sube en vibración al anterior, y cada vibración supone un estado evolutivo del ser. Nadie puede estar en una vibración que no le corresponda, porque sería como si intentaras mantener con la mano aceite bajo el agua. Al final, acabaría subiendo a la superficie.

»Y según se aumenta de pureza en esta vibración, el nivel de Comprensión de la globalidad, el nivel de plenitud y felicidad es mayor; muy lejos del aburrido cielo que la mente os quiere hacer creer cuando encarnáis, como una forma de atraparos en la materia. Y al final de esta escala vibracional, en su mayor pureza y comprensión, se encuentra la Perfecta Perfección: Dios.

»Dios atrae a las almas a su encuentro, pero su vibración debe ser acorde con determinados planos espirituales. Las mismas almas se ven abocadas a reencarnar en mundos materiales para comprender y elevar su vibración; de los cuales, la Tierra es uno de ellos.

–Pero, ¿por qué nos estamos matando? ¿por qué existe hambre, crímenes, abusos?, ¿por qué unos se mueven en la abundancia mientras otros mueren sin tener qué comer?, ¿por qué el mundo es tan injusto…?

–Lo que llamáis Mundo es, en su última instancia, materia. Pero a ésta se llega a través de una serie de planos que la alimentan, todos dentro de un límite que separa el Espíritu de la Materia, y que podríamos llamar Velo.

»Traspasando el Velo diríamos que se presentan cuatro planos siendo el último el material o físico. Cuando morís cruzáis este límite hacia arriba, dejando el cuerpo, que ceniza es, en la materia; y en una revisión de vuestra vida, extraéis lo importante de lo trivial, lo aprendido de lo no entendido.

»Desde ahí, donde no sois ego sino Espíritu, volvéis a preparar un escenario material para comprender lo que no entendisteis, para vivir circunstancias en lugares y con personas que os podrán ayudar en vuestra nueva etapa evolutiva. Nacéis, y otro ego se forma que hablará uno u otro idioma, en uno u otro lugar. Y viviréis circunstancias dispares siempre encaminadas al perdón y a la comprensión.

»Desde el Espíritu, no hay nada que no se Entienda. Lo entiendes porque en ese momento, aunque vibrando a nivel inferior, estás unido a Dios. Y también entiendes que debes refinar tu vibración para elevarte en el Espíritu y unirte plenamente a Él.

»El ego –continuó diciendo– es ilusorio, y aparece cuando naces y se desvanece al morir. El problema es que os asociáis a él como a algo eterno, olvidando que todos os dirigís imparablemente a la muerte física, con un cuerpo material que se va oxidando nada más nacer, hasta que se convierte en algo frío y carente de vida, ya que el hálito divino que sois, lo abandona con su último estertor.

–Entonces, ¿por qué aquí reina la maldad si todos venimos de Arriba?

–Reina por elección vuestra, y porque convivís con los caídos que un día fueron desterrados del Cielo. Están atrapados en la materia, y viven en su oscuridad absorbiendo vuestros bajos instintos, y potenciándolos.

–¿Quiere decir que una persona que mata no es culpable de este acto?

–No, quiere decir que el que llega a matar a otro, por el motivo que sea, ha hecho una elección equivocada, fruto de un camino equivocado, fomentado por entidades oscuras por las que ha optado, en vez de optar por la luz.

»Todo está en vuestra mano. Nadie puede interferir salvo que abráis en vuestras vidas las puertas necesarias para que estas energías entren en ellas, y os susurren erróneos caminos.

Por un momento estuvimos en silencio, mientras aquella montaña parecía cobrar vida. Sus palabras llevaban contundencia en el mismo sonido con el que eran pronunciadas... que parecía seguir vibrando una vez dichas; una duda me surgió...

–Y yo, ¿qué hago aquí?

–Estás aquí porque pactaste este camino antes de bajar, y ahora puedes elegir cumplirlo, o negarlo.

–¿Y si no lo cumplo? –dije dubitativo.

–Nadie nunca te reprochará no haberlo hecho, pero tu mismo Espíritu, una vez hayas muerto en esta encarnación, sabrá que no cumpliste lo pactado y volverás para aprender de ello, no como venganza ni represalia, sino como Aprendizaje.

La lluvia me volvió a la realidad mientras no entendía cómo tamaña verdad había quedado arrinconada en algún recodo de mi ser; sin que el desenfreno en el que me había sumido, bañado en banal triunfo social, hubiera podido borrarlo.

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