martes, 1 de diciembre de 2009

Lee los dos primeros capítulos de "Posdata te quiero" de Cecelia Ahern


Título: Posdata te quiero
Autora: Cecelia Ahern


CAPÍTULO 1

Holly hundió la nariz en el suéter azul de algodón y un olor familiar la gol­peó de inmediato: un abrumador desconsuelo le cerró el estómago y le partió el corazón. Le subió un hormigueo por el cogote y un nudo en la garganta ame­nazó con asfixiarla. Le entró el pánico. Aparte del leve murmullo del frigorífico y de los ocasionales gemidos de las tuberías, en la casa reinaba el silencio. Esta­ba sola. Tuvo una arcada de bilis y corrió al cuarto de baño, donde cayó de ro­dillas ante el retrete.

Gerry se había ido y jamás regresaría. Ésa era la realidad. Nunca volvería a acariciar la suavidad de su pelo, a intercambiar en secreto una broma con él durante una cena con amigos, a lloriquearle al llegar a casa tras una dura jor­nada en el trabajo porque necesitaba algo tan simple como un abrazo; nunca volvería a compartir la cama con él, ni la despertarían cada mañana sus ata­ques de estornudos, ni reiría con él hasta dolerle la barriga, nunca volverían a discutir sobre a quién le tocaba levantarse para apagar la luz del dormitorio. Lo único que le quedaba eran un puñado de recuerdos y una imagen de su ros­tro, que día tras día iba haciéndose más vaga.

Su plan había sido muy sencillo: pasar juntos el resto de sus vidas. Un plan que todo su círculo consideró de lo más factible. Nadie dudaba de que fueran grandes amigos, amantes y almas gemelas destinadas a estar juntas. Pero dio la casualidad de que un día el destino cambió de parecer.

El final había llegado demasiado pronto. Después de quejarse de una mi­graña durante varios días, Gerry se avino a seguir el consejo de Holly y fue a ver a su médico. Lo hizo un miércoles, aprovechando la hora del almuerzo. El médico pensó que el dolor de cabeza se debía al estrés o al cansancio y aven­turó que en el peor de los casos quizá necesitase usar gafas. A Gerry no le gus­tó nada aquello.

Le molestaba la idea de tener que usar gafas. No debería ha­berse preocupado, pues resultó que su problema no residía en los ojos, sino en el tumor que estaba creciendo en su cerebro.

Holly tiró de la cadena del retrete y, temblando por lo frías que estaban las baldosas del suelo, se puso de pie. Gerry sólo tenía treinta años. Ni mucho me­nos había sido el hombre más sano de la Tierra, pero había gozado de suficiente salud para... bueno, para llevar una vida normal. Cuando ya estaba muy enfer­mo, bromeaba a propósito de haber vivido con demasiada prudencia. Debería haber tomado drogas, haber bebido y viajado más, tendría que haber saltado de aviones y depilarse las piernas en plena caída.

La lista seguía. Aunque él se rie­ra de todo eso, Holly veía pesar y arrepentimiento en sus ojos. Arrepentimiento por las cosas para las que nunca había sabido tener tiempo, los lugares que nun­ca había visitado, y pesar por la pérdida de experiencias futuras. ¿Acaso lamen­taba la vida que había llevado con ella? Holly jamás dudó de que la amara, pero temía que tuviera la impresión de haber desperdiciado un tiempo precioso.

Hacerse mayor se convirtió en algo que Gerry deseaba desesperadamente lograr, dejando así de ser un hecho inevitable y temido. ¡Qué presuntuosos habían sido ambos al no considerar nunca que hacerse mayor constituyese un logro y un desafío! Los dos habían querido evitar envejecer a toda costa.

Holly vagaba de una habitación a otra mientras sorbía lagrimones salados. Tenía los ojos enrojecidos e irritados y la noche parecía no tener fin. Ningún lugar en la casa le proporcionaba el menor consuelo. Los muebles que con­templaba sólo le devolvían inhóspitos silencios. Anheló que el sofá tendiera los brazos hacia ella, pero tampoco éste se dio por aludido.

A Gerry no le hubiese gustado nada esto, pensó. Exhaló un hondo suspi­ro, se enjugó las lágrimas y procuró recobrar un poco de sentido común. No, a Gerry no le hubiese gustado en absoluto.

Igual que cada noche durante las últimas semanas, Holly se sumió en un profundo sueño poco antes del alba. Cada día despertaba incómodamente re­pantingada en un lugar distinto; hoy le tocó el turno al sofá. Una vez más, fue la llamada telefónica de un familiar o un amigo preocupado la que la desper­tó. Probablemente pensaran que no hacía más que dormir. ¿Por qué no la lla­maban mientras vagaba con desgana por la casa como un zombi, registrando las habitaciones en busca de... de qué? ¿Qué esperaba encontrar?

-¿Diga? -contestó adormilada. Tenía la voz ronca de tanto llorar, pero ya hacía bastante tiempo que no se molestaba en disimular. Su mejor amigo se había ido para siempre y nadie parecía comprender que ninguna cantidad de maquillaje, de aire fresco o de compras iba a llenar el vacío de su corazón.
-Oh, perdona, cariño, ¿te he despertado? -preguntó la voz inquieta de su madre a través de la línea.

Siempre la misma conversación. Cada mañana su madre llamaba para ver si había sobrevivido a la noche en soledad. Siempre temerosa de despertarla no obstante, aliviada al oírla respirar; a salvo al constatar que su hija se había enfrentado a los fantasmas nocturnos.

-No, sólo estaba echando una cabezada, no te preocupes. Siempre la misma respuesta.
-Tu padre y Decían han salido y estaba pensando en ti, cielo.

¿Por qué aquella voz tranquilizadora y comprensiva conseguía siempre que se le saltaran las lágrimas? Imaginaba el rostro preocupado de su madre, el ceño fruncido, la frente arrugada por la inquietud. Pero eso no sosegaba a Holly. En realidad hacía que recordara por qué estaban preocupados y que no deberían estarlo. Todo tendría que ser normal. Gerry debería estar allí junto a ella, poniendo los ojos en blanco e intentando hacerla reír mientras su madre le daba a la sinhueso. Un sinfín de veces Holly había tenido que pasarle el teléfono a Gerry, incapaz de contener el ataque de risa. Entonces él seguía la charla, ignorando a Holly mientras ésta daba brincos alrededor de la cama, ha­ciendo muecas y bailes estrafalarios para captar su atención, cosa que rara vez conseguía.

Siguió toda la conversación contestando casi con monosílabos, oyendo sin escuchar una sola palabra.

-Hace un día precioso, Holly. Te sentaría la mar de bien salir a dar un paseo. Respirar un poco de aire fresco.
-Sí... Supongo que sí. -Otra vez el aire fresco, la presunta solución a sus problemas.
-Igual paso por ahí más tarde y charlamos un rato.
-No, gracias, mamá. Estoy bien.

Silencio.

-Bueno, pues nada... Llámame si cambias de idea. Estoy libre todo el día.
-De acuerdo. Otro silencio. -Gracias de todos modos -agregó Holly.
-De nada. En fin... Cuídate, cariño.
-Lo haré.

Holly estaba a punto de colgar el auricular pero volvió a oír la voz de su madre.

-Ah, Holly, por poco me olvido. Ese sobre sigue aquí, ya sabes, ese que te comenté. Está en la mesa de la cocina. Lo digo por si quieres recogerlo. Lle­va aquí semanas y puede que sea importante.

-Lo dudo mucho. Lo más probable es que sea otra tarjeta de pésame.
-No, me parece que no lo es, cariño. La carta va dirigida a ti y encima de tu nombre pone... Espera, no cuelgues, que voy a buscarla...

Holly oyó el golpe seco del auricular, el ruido de los tacones sobre las bal­dosas alejándose hacia la mesa, el chirrido de una silla arrastrada por el suelo, pasos cada vez más fuertes y por fin la voz de su madre al coger de nuevo el teléfono.

-¿Sigues ahí?
-Sí.
-Muy bien, en la parte superior pone «la lista». No sé muy bien qué sig­nifica, cariño. Valdría la pena que le echaras...

Holly dejó caer el teléfono.


CAPÍTULO 2

-¡Gerry, apaga la luz!

Holly reía tontamente mientras miraba a su marido desnudarse delan­te de ella. Éste bailaba por la habitación haciendo un striptease, desabrochán­dose lentamente la camisa blanca de algodón con sus dedos de pianista. Ar­queó la ceja izquierda hacia Holly y dejó que la camisa le resbalara por los hombros, la cogió al vuelo con la mano derecha y la hizo girar por encima de la cabeza. Holly rió otra vez.

-¿Que apague la luz? ¡Qué dices! ¿Y perderte todo esto?

Gerry sonrió con picardía mientras flexionaba los músculos. No era un hombre vanidoso aunque tenía mucho de lo que presumir, pensó Holly. Te­nía el cuerpo fuerte y estaba en plena forma, las piernas largas y musculosas gracias a las horas que pasaba haciendo ejercicio en el gimnasio. Su metro ochenta y cinco de estatura bastaba para que Holly se sintiera segura cuando él adoptaba una actitud protectora junto a su cuerpo de metro setenta y siete. No obstante, lo que más le gustaba era que al abrazarlo podía apoyar la cabe­za justo debajo del mentón, de modo que notase el leve soplido de su aliento en el pelo haciéndole cosquillas.

El corazón le dio un brinco cuando se bajó los calzoncillos, los atrapó con la punta del pie y los lanzó hacia ella, aterrizando en su cabeza.

-Bueno, al menos aquí debajo está más oscuro. -Holly se echó a reír.

Siempre se las arreglaba para hacerla reír. Cuando llegaba a casa, cansada y eno­jada después del trabajo, él se mostraba comprensivo y escuchaba sus lamen­tos. Rara vez discutían, y cuando lo hacían era por estupideces que luego les hacían reír, como quién había dejado encendida la luz del porche todo el día o quién se había olvidado de conectar la alarma por la noche.

Gerry terminó su striptease y se zambulló en la cama. Se acurrucó a su la­do, metiendo los pies congelados debajo de sus piernas para entrar en calor. -¡Aaay! ¡Gerry, tienes los pies como cubitos de hielo! -Holly sabía que aquella postura significaba que no tenía intención de moverse un centíme­tro-. Gerry...

-Holly.. -la imitó él.
-¿No te estás olvidando de algo?
-Creo que no -contestó Gerry con picardía.
-La luz.
-Ah, sí, la luz -dijo con voz soñolienta, y soltó un falso ronquido.
-¡Gerry!
-Anoche tuve que levantarme a apagarla, si no recuerdo mal -arguyó Gerry.
-Sí, ¡pero estabas de pie justo al lado del interruptor hace un segundo!
-Sí... hace un segundo -repitió él con voz soñolienta.
Holly suspiró. Detestaba tener que levantarse cuando ya estaba cómoda y calentita en la cama, pisar el suelo frío de madera y luego regresar a tientas y a ciegas por la habitación a oscuras. Chasqueó la lengua en señal de desapro­bación.

-No puedo hacerlo siempre yo, ¿sabes, Hol? Quizás algún día yo no es­té aquí y... ¿qué harás entonces?
-Pediré a mi nuevo marido que lo haga -contestó enfurruñada, tra­tando de apartar a patadas sus pies fríos.
-¡Ja
-O me acordaré de hacerlo yo misma antes de acostarme -añadió Holly.

Gerry soltó un bufido.

-Dudo mucho que así sea, amor mío. Tendré que dejarte un mensaje al lado del interruptor antes de irme para que no se te olvide.

-Muy amable de tu parte, aunque preferiría que te limitaras a dejarme tu dinero -replicó Holly.
-Y una nota en la caldera de la calefacción -prosiguió Gerry. -Ja, ja.
-Y en el cartón de la leche.
-Eres muy gracioso, Gerry.
-Ah, y también en las ventanas, para que no las abras y se dispare la alar­ma por las mañanas.
-Oye, si crees que sin ti seré tan incompetente, ¿por qué no me dejas en tu testamento una lista de las cosas que tengo que hacer?
-No es mala idea -dijo Gerry, y se echó a reír.
-Muy bien, entonces ya apago yo la maldita luz.

Holly se levantó de la cama a regañadientes, hizo una mueca al pisar el gé­lido suelo y apagó la luz. Tendió los brazos en la oscuridad y avanzó lentamente de regreso a la cama.

-¿Hola? Holly, ¿te has perdido? ¿Hay alguien ahí? ¿O ahí? ¿O ahí? -vo­ciferó Gerry a la habitación a oscuras.
-Sí, estoy... ¡Ay! -gritó Holly al golpearse un dedo del pie contra la pata de la cama-. ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Que te jodan, gilipollas! Gerry soltó una risa burlona debajo del edredón.
-Número dos de mi lista: cuidado con la pata de la cama...
-Oh, cállate, Gerry, y deja de ponerte morboso -le espetó Holly, to­cándose el pie con la mano.
-¿Quieres que te lo cure con un beso? -preguntó Gerry.
-No, ya está bien -respondió Holly con impostada tristeza-. Bastará con que los meta aquí para calentarlos...
-¡Aaah! ¡Jesús, están helados! Holly rió de nuevo.

Así fue como surgió la broma de la lista. Era una idea simple y tonta que no tardaron en compartir con sus amigos más íntimos, Sharon y John McCarthy. Era John quien había abordado a Holly en el pasillo del colegio cuando sólo tenían catorce años para farfullar la frase famosa: «Mi colega quie­re saber si saldrías con él.» Tras días de incesante debate y reuniones de ur­gencia con sus amigas, Holly finalmente accedió. «Oh, venga, Holly-la ha­bía apremiado Sharon-, está como un tren, y al menos no tiene la cara llena de granos como John.»

Cuánto envidiaba Holly a Sharon ahora mismo. Sharon y John se casaron el mismo año que ella y Gerry. Con veintitrés años, Holly era la benjamina del grupo; el resto tenía veinticuatro. Alguien dijo que era demasiado joven y la sermoneó insistiendo en que, a su edad, debería ver mundo y disfrutar de la vida. En vez de eso, Gerry y Holly recorrieron juntos el mundo. Tenía mu­cho más sentido hacerlo así, ya que cuando no estaban... juntos, Holly sen­tía como si a su cuerpo le faltara un órgano vital.

El día de la boda distó mucho de ser el mejor de su vida. Como casi todas las niñas, había soñado con una boda de cuento de hadas, con un vestido de princesa y un hermoso día soleado en un lugar romántico, rodeada de sus seres queridos. Imaginaba que la recepción sería la mejor noche de su vida y se veía bailando con todos sus amigos, siendo la admiración de la concu­rrencia y sintiéndose alguien especial. La realidad fue bastante distinta.

Despertó en el hogar familiar a los gritos de «¡No encuentro la corbata!» (su padre) y «¡Tengo el pelo hecho un asco!» (su madre). Y el mejor de todos: «¡Parezco una vaca lechera!' ¡Cómo voy a asistir a esta puñetera boda con este aspecto! ¡Me moriría de vergüenza! ¡Mamá, mira cómo estoy! Holly ya pue­de ir buscándose otra dama de honor porque, lo que es yo, no pienso mover­me de casa. ¡Jack, devuélveme el puto secador, que aún no he terminado!» (Es­ta inolvidable declaración salió de la boca de su hermana menor, Ciara, a quien cada dos por tres le daba un berrinche y se negaba a salir de la casa, alegando que no tenía nada que ponerse, pese a que su armario ropero estaba siempre atestado. En la actualidad vivía en algún lugar de Australia con unos desco­nocidos y la única comunicación que la familia mantenía con ella se reducía a un e-mail cada tantas semanas.) La familia de Holly pasó el resto de la mañana intentando convencer a Ciara de que era la mujer más guapa del mundo. Mientras tanto, Holly fue vistiéndose en silencio, sintiéndose peor que mal. Finalmente, Clara aceptó salir de la casa cuando el padre de Holly, un hombre de talante tranquilo, gritó a pleno pulmón para gran asombro de todos:

-¡Ciara, hoy es el puñetero día de Holly, no el tuyo! ¡Y vas a ir a la boda y vas a pasarlo bien, y cuando Holly baje por esa escalera le dirás lo guapa que está, y no quiero oírte rechistar más en todo el día!

De modo que cuando Holly bajó todos exclamaron embelesados, mien­tras Ciara, que parecía una cría de diez años que acabara de recibir una azo­taina, la miró con ojos empañados y labios temblorosos y dijo:

-Estás preciosa, Holly.

Los siete se hacinaron en la limusina: Holly, sus padres, sus tres hermanos y Ciara, todos guardando un aterrado silencio durante el trayecto hasta la iglesia. Aquella jornada era ya un vago recuerdo. Apenas había tenido tiempo de hablar con Gerry, pues ambos eran reclamados sin tregua en direcciones dis­tintas para saludar a la tía abuela Betty, surgida de no se sabía dónde, y a la que no había vuelto a ver desde su bautizo, y al tío abuelo Toby de América, a quien nadie había mencionado hasta la fecha, pero que de repente se había conver­tido en un miembro muy importante de la familia.

Desde luego, nadie la había prevenido de lo agotador que sería. Al final de la noche le dolían las mejillas de tanto sonreír para las fotografías y tenía los pies destrozados después de andar todo el día de aquí para allá calzada con unos ridículos zapatitos que no estaban hechos para caminar. Se moría de ga­nas de sentarse a la mesa grande que habían dispuesto para sus amigos, quienes habían estado partiéndose el pecho de risa durante toda la velada, pasándolo en grande. En fin, al menos alguien había disfrutado del acontecimiento, pen­só entonces. Ahora bien, en cuanto puso un pie en la suite nupcial con Gerry, las preocupaciones del día se desvanecieron y todo quedó claro.

Las lágrimas corrían de nuevo por el rostro de Holly, que de pronto cayó en la cuenta de que había vuelto a soñar despierta. Seguía sentada inmóvil en el sofá con el auricular del teléfono aún en la mano. Últimamente perdía a me­nudo la noción del tiempo y no sabía qué hora ni qué día era. Parecía como si viviera fuera de su cuerpo, ajena a todo salvo al dolor de su corazón, de los hue­sos, de la cabeza. Estaba tan cansada... Las tripas le temblaron y se dio cuenta de que no recordaba cuándo había comido por última vez. ¿Había sido ayer?

Fue hasta la cocina arrastrando los pies, envuelta en el batín de Gerry y calzada con las zapatillas «Disco Diva» de color rosa, sus favoritas, las que Gerry le había regalado la Navidad anterior. Ella era su Disco Diva, solía decirle. Siempre la primera en lanzarse a la pista, siempre la última en salir del club. ¿Dónde estaba esa chica ahora? Abrió la nevera y contempló los estantes vacíos. Sólo verduras y un yogur que llevaba siglos caducado y apestaba. No había nada que comer. Agitó el cartón de leche con un amago de sonrisa. Va­cío. Lo tercero en la lista...

En la Navidad de hacía dos años Holly había salido con Sharon a com­prar un vestido para el baile anual al que solían asistir en el Hotel Burlington. Ir de compras con Sharon siempre entrañaba peligro, y John y Gerry habían bromeado sobre cómo tendrían que volver a sufrir una Navidad sin regalos por culpa de las alocadas compras de las chicas. Y no se equivocaron de mucho. Pobres maridos desatendidos, los llamaban siempre ellas.

Aquella Navidad Holly gastó una cantidad vergonzosa de dinero en Brown Thomas para adquirir el vestido blanco más bonito que había visto en la vida.

-Mierda, Sharon, esto dejará un agujero tremendo en mi bolsillo --di­jo Holly con aire de culpabilidad, mordiéndose el labio y acariciando la suave tela con la yema de los dedos.
-Bah, no te preocupes, deja que Gerry lo zurza -repuso Sharon, y sol­tó una de sus típicas risas socarronas-. Y deja de llamarme «mierda, Sharon», por favor. Cada vez que salimos de compras te diriges a mí así. Sé más cuida­dosa o empezaré a ofenderme. Compra el puñetero vestido, Holly. Al fin y al cabo, estamos en Navidad, es la época de los regalos y la generosidad.
-Por Dios, mira que eres mala, Sharon. No volveré a ir de compras con­tigo. Esto equivale a la mitad de mi paga mensual. ¿Qué voy a hacer el resto del mes?
-Vamos a ver, Holly. ¿Qué prefieres?, ¿comer o estar fabulosa? ¿Acaso era preciso pensarlo dos veces?
-Me lo quedo -dijo Holly con entusiasmo a la dependienta.

El vestido era muy escotado, por lo que mostraba perfectamente el pecho menudo pero bien formado de Holly, y tenía un corte hasta el muslo que ex­hibía sus piernas esbeltas. Gerry no había podido quitarle el ojo de encima. Aunque no fue por lo guapa que estaba, sino porque no acertaba a compren­der cómo diablos era posible que aquel pedazo de tela minúsculo pudiera ser tan caro. Una vez en el baile, la señorita Disco Diva se excedió en el consumo de bebidas alcohólicas y consiguió destrozar su vestido, derramando una co­pa de vino tinto en la parte delantera. Holly intentó sin éxito contener el llan­to mientras los hombres de la mesa informaban a sus parejas, arrastrando las palabras, de que el número cincuenta y cuatro de la lista prohibía beber vi­no tinto si llevaban un vestido caro de color blanco. Entonces decidieron que la leche era la bebida preferida, puesto que no resultaría visible si se derrama­ba sobre un vestido caro de color blanco.

Poco después, cuando Gerry volcó su jarra de cerveza, haciendo que cho­rreara por el borde de la mesa hasta el regazo de Holly, ésta anunció llorosa pero muy seria a la mesa (y a algunas de las mesas vecinas):

-Regla cincuenta y cinco de la lista: nunca jamás compres un vestido caro de color blanco.

Y así se acordó, y Sharon despertó de su coma en algún lugar de debajo de la mesa para aplaudir la moción y ofrecer apoyo moral. Hicieron un brindis (después de que el desconcertado camarero les hubiese servido una bandeja llena de vasos de leche) por Holly y su sabia aportación a la lista.

-Siento lo de tu vestido caro de color blanco, Holly-había dicho John, hipando antes de caer del taxi y llevarse a Sharon a rastras hacia su casa.
¿Era posible que Gerry hubiese cumplido su palabra, escribiendo una lis­ta para ella antes de morir? Holly había pasado a su lado cada minuto de cada día hasta que falleció, y ni él la mencionó nunca ni ella había visto indicios de que la hubiese escrito. «No, Holly, cálmate y no seas estúpida.» Deseaba tan ardientemente que volviera que estaba imaginando toda clase de locuras. Gerry no habría hecho algo semejante. ¿O sí?


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